Luis Alberto Vittor | Verdad y falsedad en tiempos de pandemia
Analecta Literaria
martes, 25 de enero de 2022




En una época de tanta indigencia intelectual y degradación moral como la que vivimos, una época signada por la «posverdad», la desinformación y el relativismo, no es de extrañar que la falsedad se intercambie y confunda con la verdad o que, la mayoría de las veces, por medio de la manipulación de la información, aquella predomine sobre ésta. Existe consenso en afirmar que las redes sociales son el principal medio de propagación de las noticias falseadas, las famosas «Fake News», es decir, un tipo de bulo de contenido aparentemente informativo pero que ha sido creado con la intención de desinformar y confundir a la opinión pública. Los bulos o informaciones trucadas y fraudulentas, han logrado que, actualmente, la opinión pública relativice a la información fidedigna, que hasta la contraste con la falsa información y albergue dudas sobre cualquier información real que se difunda. No cabe duda de que las informaciones falsas han modificado definitivamente las relaciones entre el público y los medios informativos. Hoy día cualquier falsedad puede ser creída como una verdad y la verdad descreída como si fuese una falsedad.
El 29 octubre, 2020 leí el artículo del señor Juan José Domínguez Ponce de León, «Son falsas las afirmaciones de Chinda Brandolino sobre la vacuna contra el nuevo coronavirus», publicado en el sitio «Chequeado». Con un enorme rótulo rojo que en su interior encierra la palabra «Falso» este opinólogo pretende descalificar a una médica experimentada. El artículo entonces me chocó por el enfoque sesgado y prejuicioso del periodista, razón por la que deliberadamente postergué una respuesta hasta obtener datos científicos serios y objetivos que confirmaran o refutaran a la médica argentina. La situación se agrava cuando vemos que el señor Juan José Domínguez Ponce de León, editor del sitio de «fact-checking», «Chequeado», la primera web argentina dedicada a la verificación de información y especializada en el análisis y detección de noticias falsas publicadas por los medios de comunicación, hace alarde de un inaudito descaro al atreverse a clasificar como «Fake News» las informaciones brindadas por dos médicos argentinos de acreditada formación y trayectoria académica como la Dra. Chinda Brandolino y el Dr. Luis Marcelo Martínez.
¿Cuál es la competencia médica de la Dra. Brandolino? Se trata de una médica clínica, médica legista y forense argentina. Especialista en temas médicos. Es docente en la Cátedra de Geografía Humana de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Católica de La Plata (UCLP). Miembro fundador del Instituto Santa Gianna Beretta Molla de Investigaciones Biológicas para la Defensa de la Vida (UCLP). Miembro fundador de la Cátedra de la Mujer y asesor médico legal del Instituto de Bioética (UCLP).
En cuanto al Dr. Luis Marcelo Martínez, es Médico Genetista con amplia experiencia en Diagnóstico Prenatal y Medicina Fetal. Miembro del Departamento de Genética Pediátrica, Adultos y Diagnóstico Prenatal. Genetista integrante del equipo multidisciplinario de Medicina Fetal UNAIP. Entre 2003-2007 ha sido residente en Genética Médica con rotaciones realizadas en Pediatría clínica en Hospital Fernández (6 meses) - Fundación para el estudio de las enfermedades neurometabólicas (FESEN) (2 meses) - Diagnóstico prenatal y ecografía en CENAGEM (3 meses) - Genética neonatal en Maternidad Sardá (3 meses) - Diagnóstico prenatal y ecografía en Genos (2 meses) - Servicio de Genética en Hospital Garrahan (7 meses). Miembro de la Sociedad de Obstetricia y Ginecología de Buenos Aires (SOGIBA). Magister en Biología Molecular e Ingeniería Genética. Posee licencias y certificaciones por el First Trimester Screening (Fetal Nuchal Translucence, Nasal Bone, Facial Angle and Ductus Venosus). Ha sido Presidente de la Comisión Directiva de la Sociedad Argentina de Genética Médica (SAGM-AMA) entre 2016 y 2018. Revisor técnico de artículos científicos en revistas de pediatría.
En lo que atañe al señor Juan José Domínguez Ponce de León, autor de la nota, declara poseer una Maestría en Periodismo de Clarín y la Universidad de San Andrés, cursada y aprobada en 2012, y que es corresponsal en Buenos Aires de los diarios La Voz (Córdoba) y Los Andes (Mendoza). Asimismo se presenta como un periodista acreditado en el Congreso de la Nación. Toda esta formación lo capacita y acredita como periodista, pero, aunque su trayectoria es importante para su profesión, no lo habilita para decidir si las afirmaciones de dos médicos argentinos son verdaderas o falsas solo porque no coinciden con sus propias convicciones personales. Lo que choca en el señor Domínguez Ponce de León es su abrumador subjetivismo.
Curiosamente no declara ninguna experiencia como periodista científico, de modo no se sabe qué tipo de autoridad científica posee o invoca el editor de «Chequeado» para afirmar con tanta soltura de cuerpo que son «falsas» las informaciones y puntos de vista que los dos médicos argentinos brindan a la población para advertirnos sobre el peligro de la inoculación indiscriminada de las vacunas transgénicas. En ciencia, el criterio de verdad es la norma objetiva para fijar la veracidad, la certeza de nuestro conocimiento; el testimonio que confirma y atestigua la justeza de una información. ¿Cuál es el criterio de verdad científica sobre la que basa su opinión el señor Domínguez Ponce de León para calificar de falsa la información brindada por dos expertos científicos argentinos? Asombrosamente, ninguno.
Si la intención verdadera del señor Juan José Domínguez Ponce de León es contribuir a la ilustración de la opinión pública en un tema tan importante como las «terapias génicas» lo primero que debería hacer es evitar el uso del «argumentum ad hominem», un tipo de falacia que consiste en dar por sentada la falsedad de una afirmación e intentando desacreditar al emisor de esa afirmación señalando una característica o postura impopular de esa persona. El señor Juan José Domínguez Ponce de León incurre en esta falacia cuando pone de relieve que la Dra. Chinda Brandolino es «la médica, conocida por su militancia contra el aborto legal» que, entre varias aseveraciones, sostiene que «la vacuna no es tal cosa sino una “terapia transgénica”» o cuando se refiere a ella como «la mujer de la Ola Celeste». No conforme con estas caracterizaciones, y para hacer más insidiosa su nota, sostiene que la médica legal y forense está «vinculada con los movimientos antivacunas y organizaciones negacionistas del Holocausto». ¿Qué tiene que ver la ideología de la emisora con el hecho cierto de que se pretende inocular a la población una vacuna transgénica que aún se encuentra en etapa experimental? Hacer uso de esta falacia para desacreditar las afirmaciones de una doctora no es método de investigación científica, sino vulgar recurso de folletinero y panfletista a sueldo.
Con el claro objeto de desacreditar a la Dra. Brandolino, el editor de «Chequeado» sostiene que «en la misiva, dirigida a los senadores, que debatirán el marco legal para una futura vacuna contra la COVID-19, dice que se pretende la “inmunidad jurídica” de las farmacéuticas». Pocos meses después de la fecha de publicación de su libelo, más precisamente el 15 de diciembre de 2020, el diario norteamericano Los Angeles Times en Español, publicó una nota donde señala que el entonces ministro de Salud, Ginés González García, declaró en rueda de prensa que «como parte de las negociaciones Pfizer reclamó la sanción de una ley en el Congreso que le garantizara inmunidad ante la justicia local, una cláusula común impuesta por los laboratorios que producen la vacuna ante posibles litigios». La Cámara de Diputados le dio media sanción, el 7 de octubre, con 230 votos a favor, 8 en contra y 11 abstenciones. Tres semanas después el Senado dio su visto bueno. No otorgó inmunidad jurídica a las farmacéuticas, pero les concedió la prórroga de jurisdicción. La norma no otorga inmunidad jurídica a las farmacéuticas, pero permite un cambio de jurisdicción fijada de antemano en el contrato. Es decir, que ante un problema legal, éste debía resolverse en los tribunales del país o la ciudad que se fijara en el contrato. Pero, según el ex ministro González García, la central de Pfizer en Estados Unidos consideró que no era suficiente y exigió «una nueva ley». La compañía también habría puesto como requisito que el contrato no fuera firmado por el Ministerio de Salud sino por Alberto Fernández.
Causa extrañeza la actitud del señor Domínguez Ponce de León al negar que es falso que el «lobby» farmacéutico pudiera entonces exigir a nuestro país «inmunidad jurídica». Parece ignorar que muchos países dieron y dan a las empresas farmacéuticas inmunidad contra eventuales lesiones causadas por las vacunas. Al igual que los Estados Unidos, muchos otros países también siguen la política de inmunidad jurídica a las empresas farmacéuticas contra eventuales lesiones causadas por las vacunas. Entonces ¿por qué negar que las empresas farmacéuticas pueden exigir a la Argentina la misma inmunidad jurídica de que goza tanto en Estados Unidos como en Europa? Las empresas farmacéuticas fundamentan su solicitud de «inmunidad jurídica» al hecho nunca comprobado de que las vacunas salvan muchas más vidas de las que matan, pero lo real es que a nivel mundial no contamos aun con una contabilización de las muertes y otros daños provocados por las vacunas. En agosto de 2020, la prensa europea hizo trascender la noticia de que el «lobby» farmacéutico presionaba a la Unión Europea para tener inmunidad jurídica ante los posibles efectos secundarios que puede causar la nueva vacuna. La Comisión Europea reconoció que hubo conversaciones para que los 27 Estados miembros indemnicen a los fabricantes por el «alto riesgo que asumen». En Portugal, los contratos con las farmacéuticas, como en muchos otros países, son confidenciales. Las condiciones dadas por el Estado a las empresas farmacéuticas son secretas y el valor que los fondos públicos pagan cada año a las farmacéuticas para haber vacunas en Portugal. Una política libre, según los gobiernos, incluyendo el portugués, que se paga con el dinero de todos los contribuyentes.
Quedó establecido que el señor Domínguez Ponce de León no es biólogo, genetista, médico, virólogo ni científico. No obstante se permite desmentir el argumento médico que sostiene que las vacunas ARNm es una «terapia génica», pero sin hacer ningún esfuerzo para explicar a sus lectores por qué estas afirmaciones son, según su criterio periodístico, científicamente falsas. Por el contrario, el editor de «chequeado» sostiene que es falso porque RedDes así lo asegura. Alegre y flagrantemente, el señor Domínguez Ponce de León, incurre en la «Falacia de Falsa Autoridad» que, como se sabe, consiste en apelar a una autoridad que carece de valor por no ser concreta, competente, imparcial, o estar tergiversada. Da por invalidada la opinión experta de la Dra. Brandolino, solo porque una red de medios periodísticos que él mismo coordina asegura que es falsa. Como un conjunto de medios periodísticos, RedDes es una autoridad científicamente inconcreta, incompetente e inexistente. El empleo de una falsa autoridad y el afán de engañar son dos características de esta falacia. Veamos bien por qué RedDes no puede invocarse como autoridad.
¿Qué es RedDes? ¿Es el acrónimo de alguna entidad médica o científica? No. La Red Federal contra la Desinformación (RedDES) es un proyecto periodístico colaborativo en el que participan medios de todo el país, pero es coordinado por «Chequeado» y cuenta con el apoyo de Facebook. Como se ve, toda una garantía de objetividad y seriedad científica. Sus objetivos son «producir y difundir contenidos verificados que pongan en evidencia desinformaciones relevantes sobre el COVID-19 y formar periodistas en métodos y herramientas de verificación de la información viral en contexto de pandemia». Que nadie dude del desinteresado «altruismo» de estos «informadores que intentan poner en evidencia las desinformaciones sobre el covid-19.
Por nuestro lado, intentaremos explicar por qué la Dra. Chinda Brandolino sostiene que «la vacuna no es tal cosa sino una terapia transgénica». En primer lugar, deberíamos saber qué cosa es lo que se denomina en biología «terapia transgénica» o «terapia génica». La terapia génica es una forma experimental de tratamiento que consiste en la introducción de una copia sana (por lo general clonada) de un gen defectuoso en las células del paciente. La idea es modificar la información genética de la célula del paciente que es responsable de alguna alteración o afección, para que esa célula recupere su normalidad. La transferencia del material genético se suele realizar mediante el uso de vectores virales que utilizan sus capacidades biológicas propias para entrar en la célula y depositar el material genético.
Como sostiene el señor Juan José Domínguez Ponce de León, la Dra. Chinda Brandolino afirma, en efecto, que la vacuna «introduce un ácido ribonucleico (ARN) envuelto en nanopartículas de lípidos, para no ser atacado por los anticuerpos de nuestro organismo» y para que, de esta manera, el ARN «penetre directamente en el núcleo de todas nuestras células». Desde el punto de vista de la Dra. Chinda Brandolino y del médico genetista y expresidente de la Sociedad de Genética Argentina, Dr. Luis Marcelo Martínez, la vacuna que se pretende inocular a la población para inmunizarla del covid-19 es capaz de modificar nuestro genoma, porque puede fabricar la enzima convertidora de angiotensina 2 para que despierte la producción de anticuerpos contra ella misma. Esta proteína que se encuentra abundantemente en testículos, y algo menos, en corazón y riñón, no se encuentra en el pulmón. Ambos profesionales, llegan a la conclusión de que la aplicación de la vacuna podría «esterilizar a todos los varones que la reciban, en forma perenne e irreversible», y que es altamente probable que no solamente «muera mucha gente con su inoculación, sino que se produzcan alteraciones genéticas que se transmitirán a los hijos».
¿Son exageradas y alarmistas estas advertencias de la Dra. China Brandolino y el Dr. Luis Marcelo Martínez? Según informes de la Organización Mundial de la Salud, al 9 de septiembre de 2021, había 35 vacunas para Covid-19 en estudios clínicos (en fases uno a tres de prueba en humanos) y 145 en estudios preclínicos. De las primeras 35 en prueba, 17 se basan en técnicas de ingeniería genética no probadas antes en humanos. La forma de acción de una vacuna convencional consiste en insertar un virus muerto o atenuado —que supuestamente no infecta—, para causar una reacción del sistema inmunológico por la cual aprende a reconocer ese tipo de virus y así el organismo podría evitar futuras infecciones. En cambio, las vacunas transgénicas actúan de un modo diferente ya que consisten en introducir ADN o ARN foráneo en un organismo sano para crear una proteína similar a las del SARS-CoV2, utilizando sus propios recursos celulares. Si funciona —nadie puede garantizarlo, porque es un método experimental—, esta proteína sería reconocida como ajena por nuestro sistema inmunológico, que supuestamente produciría anticuerpos para prevenir próximas infecciones.
«Acerca de la presunta capacidad de la eventual vacuna de “penetrar directamente en el núcleo de todas nuestras células”, tal como se explica en varios estudios científicos, las vacunas de ARN mensajero son seguras porque no contienen agentes infecciosos y no pueden de ninguna forma interferir en la secuencia de ADN de nuestras células», dice el señor Juan José Domínguez Ponce de León, basado en tres artículos científicos. Y pertrechado con este módico arsenal de datos científicos, reunidos de la lectura de tres artículos, pretende refutar los argumentos e incluso demostrar su falsedad de dos connotados especialistas argentinos. Lo que no dice el editor de «Chequeado» ni tampoco los autores de los tres artículos consultados son las consecuencias futuras de esas vacunas de ARN mensajero. Es cierto que no contienen agentes infecciosos, pero si pueden interferir en la secuencia de ADN de nuestras células causando daños hasta ahora no advertidos ni previstos. Lo mismo que el señor Juan José Domínguez Ponce de León hay otros periodistas que sostienen que las vacunas de ARN mensajero sólo sirven para enseñarle a nuestro organismo a combatir el virus SARS-CoV-2 que causa la COVID-19, pero no intervienen, no dañan ni modifican nuestro organismo. Artículos científicos publicados recientemente demuestran que las vacunas Pfizer, Moderna, Astrazeneca, Janssen, entre otras, pueden modificar y dañar nuestro organismo. Por ejemplo, producir alteraciones no previstas en el ciclo menstrual de muchas mujeres jóvenes inoculadas con dos dosis.
Un reciente estudio publicado en la revista médica «Obstetrics & Gynecology» con el título de «Association Between Menstrual Cycle Length and Coronavirus Disease 2019 (COVID-19) Vaccination. A U.S. Cohort» (2022), firmado por un colectivo mixto de ginecólogos y obstetras, se hace eco de las quejas de muchas mujeres sobre retrasos o mayor o menor sangrado o incluso más dolor en su menstruación, tras haberse vacunado. El objetivo del estudio es evaluar si la vacunación contra el coronavirus 2019 (COVID-19) se asocia con cambios en la duración del ciclo o de la menstruación en las mujeres vacunadas en comparación con una cohorte no vacunada. El estudio se hizo sobre todo con mujeres con ciclos regulares (de entre 24 y 28 días entre el primer día de una regla y el primero de la siguiente) y la mayoría eran de raza blanca. El estudio no incluyó a mujeres que toman anticonceptivos hormonales (que marcan los días de duración del ciclo), grupo que ahora la Dra. Edelman quiere estudiar. En el estudio de EEUU, los investigadores analizaron entre octubre del 2020 (cuando aún no se habían empezado a inocular las vacunas a la población en general) y septiembre de 2021, datos anónimos a través de una App de fertilidad (Natural Cycles) de 4.000 mujeres estadounidenses vacunadas y no vacunadas de entre 18 y 45 años. De 2.403 de ellas, vacunadas (el 55% con Pfizer, el 35% con Moderna y el resto con Janssen), se analizó un seguimiento prospectivo de los datos de los tres ciclos menstruales anteriores a vacunarse y los tres posteriores.
Igualmente, se analizaron seis ciclos consecutivos de 1.500 mujeres no vacunadas. Se utilizaron modelos de efectos mixtos para estimar la diferencia ajustada en el cambio de la duración del ciclo y la menstruación entre las cohortes vacunadas y no vacunadas. Entre las vacunadas se constató que entre los ciclos antes de la inoculación y los posteriores, se retrasaba la regla menos de un día de media, 0,64 días; 0,79, tras la segunda dosis. Si las dos dosis se administraban en el mismo ciclo, lo que se observó en 358 mujeres, el retraso llegaba a dos días de media. La mayoría de la cohorte vacunada recibió la vacuna de Pfizer-BioNTech (55%) (Moderna 35%, Johnson & Johnson/Janssen 7%).
Si bien los cambios de duración del ciclo menstrual inferiores a 8 días se consideran normales por la International Federation of Gynecology and Obstetrics, los cambios en las cohortes vacunadas que previo a la inoculación tenían períodos regulares, evidencian que el impacto de las vacunas en el ciclo menstrual puede, en ciertos casos, sobrepasar los dos días. Alrededor de un 10% de las mujeres sufrieron cambios en el periodo más grandes, de ocho días o más, pero, según los investigadores, pudieron retornar a sus reglas normales en los siguientes dos ciclos tras la vacunación. Sin embargo, los expertos descartaron que los cambios puedan atribuirse al estrés por la pandemia, sobretodo porque no vieron alteraciones similares entre las no vacunadas. ¿A qué puede deberse la alteración? La Dra. Alison Edelman, profesora de ginecología y obstetricia en la Universidad de Portland (Oregón) e investigadora principal, es una de las autoras de dicho estudio, responde a esta pregunta señalando que durante la vacunación se liberan citoquinas (proteínas) que pueden alterar el regular funcionamiento del «reloj corporal» del que forma parte el ciclo menstrual.
Hace pocos días, el Ministerio de Salud de Japón ha confirmado que las vacunas de mRNA de Pfizer y Moderna provocan miocarditis y pericarditis en los más jóvenes. Estos datos coinciden con los casos de miocarditis notificados oficialmente en Israel. Un estudio científico titulado «Myocarditis after Covid-19 vaccination in a large healthcare organization» (2021) publicado en «The New England Journal of Medicine», sostiene que se ha descubierto que la vacuna de Pfizer provoca 21,3 casos de miocarditis por cada millón de personas en la población general. En la prestigiosa revista científica The BMJ, llamada British Medical Journal hasta 1988 y BMJ entre 1988 y 2014, una revista médica publicada semanalmente en el Reino Unido por la Asociación Médica Británica, han aparecido varios artículos con la misma orientación investigativa como «Myocarditis after vaccination against covid-19» (2021) del Dr. W. F. Gellad, professor of medicine and director del Center for Pharmaceutical Policy and Prescribing, University of Pittsburgh School of Medicine, Pittsburgh, PA, USA, «SARS-CoV-2 vaccination and myocarditis or myopericarditis: population based cohort study» (2021) del Dr. Anders Husby et Alt.
Recientemente se han publicado artículos médicos que dan cuenta de los efectos adversos relacionados a la vacuna, en los cuales se presenta una forma de trombosis inusual (relacionada a plaquetas bajas) asociada a la vacuna de AstraZeneca y Janssen (Johnson & Johnson). Si bien se hace notar que esta condición es extremadamente rara, de 0,001% de las dosis, estos efectos adversos han sido observados en gente joven (menor a 50 años), sin enfermedades previas y se presenta de 4-28 días después de la vacunación. La trombocitopenia trombótica inmunitaria inducida por vacunas (VITT, por sus siglas en inglés) se define como un síndrome clínico caracterizado por todas las anomalías de laboratorio y radiológicas descritas a continuación que ocurren en individuos de 4 a 30 días después de la vacunación con Ad26.COV2 (Johnson & Johnson) o ChAdOx1 nCoV-19 (Oxford-AstraZeneca). Ambas vacunas comparten la misma plataforma viral recombinante de adenovirus tipo 26 de chimpancé no replicativo. Sin embargo, se observaron los mismos efectos adversos en jóvenes de ambos sexos vacunados con Pfizer y Moderna. Las vacunas contra el COVID-19 de Pfizer-BioNTech y Moderna son vacunas de ARN mensajero, también llamadas vacunas de ARNm.
En julio de 2021, «Expert Opinion on Drug Safety», una revista médica mensual revisada por pares que publica artículos de revisión sobre todos los aspectos de la fármaco-vigilancia y documentos originales sobre las implicaciones clínicas de los problemas de seguridad del tratamiento de drogas, publicó el artículo «Thromboembolic events in younger women exposed to Pfizer-BioNTech or Moderna COVID-19 vaccines» firmado por Maurizio Sessa, investigador del Pharmacovigilance Research Center, Department of Drug Design and Pharmacology, University of Copenhagen; Kristian Kragholmb, investigador del Department of Cardiology, Aalborg University Hospital; Anders Hviida, investigador del Department of Epidemiology Research, Statens Serum Institut, Copenhague y Morten Andersena, investigador del Pharmacovigilance Research Center, Department of Drug Design and Pharmacology, University of Copenhagen, los autores señalan que «el 19 de marzo de 2021, de los 13,6 millones de mujeres de ≤ 50 años expuestas a al menos una dosis de las vacunas Pfizer-BioNTech o Moderna COVID-19 en los EE.UU., sólo se notificaron 61 casos con un total de 68 eventos tromboembólicos (1 caso por cada 222.951 vacunadas)». Veinticinco de los 61 casos (41%) informaron sobre factores de riesgo de eventos tromboembólicos como hipertensión (4), antecedentes médicos de trombosis venosa (3), cáncer (2), fibrilación auricular (1) diabetes mellitus (2), obesidad (1), deficiencia de IgG que requiere infusión de IgG (1), deficiencia de proteína-c (1), lupus sistémico (1), o exposición a anticonceptivos hormonales (3), ibuprofeno (1) o fentermina (1).
Esto significa, por un lado, que estas vacunas pueden, ocasionalmente, provocar eventos tromboembólicos en personas sin antecedentes, tanto como causarlos en personas con antecedentes médicos de trombosis venosa o algunas otras dolencias predisponentes a trombosis. Este solo dato debería ser tomado en cuenta por las autoridades políticas y sanitarias a la hora de pretender inocular indiscriminadamente con una o dos o hasta tres dosis de las vacunas a toda la población. La lógica indica que no todas las personas son susceptibles de recibir estas vacunas, porque si estos eventos se han provocado con una o dos dosis, no sabemos qué efectos adversos podrían aparecer con nuevas dosis.
Al tratarse de vacunas experimentales aun no se han podido medir los efectos adversos en humanos inoculados con las vacunas Pfizer-BioNTech y Moderna de ARN mensajero, también llamadas vacunas de ARNm. Esta es la técnica experimental a la que han recurrido las empresas Pfizer/BioNTech y Moderna para la fabricación de sus respectivas vacunas. Según explica el biólogo español Fernando López-Mirones, en una entrevista que le realizaran en noviembre de 2020, esta tecnología solo se ha probado en ratones, simios y tejidos. López-Mirones ha señalado que la población no está siendo advertida de los riesgos que podría conllevar inocular ARN mensajero en seres humanos. Observó entonces: «Es imposible medir los efectos secundarios de una vacuna de ARN mensajero como las de Pfizer y Moderna en tan poco tiempo. Una vacuna, hasta su aprobación, tarda entre dos y once años y ahora estamos hablando de diez meses». La forma de acción de esas vacunas de hecho transforma a nuestro organismo en transgénico, porque no es una proteína foránea ante la cual nuestro sistema reacciona naturalmente, como ocurría con las anteriores vacunas, sino que se ha introducido en nuestro organismo una proteína que manipula nuestro sistema genético para crear el supuesto enemigo que los anticuerpos deben atacar. Teniendo en cuenta que el método es experimental y que no ha sido lo suficientemente ensayado, nadie puede prever las consecuencias que esta vacuna podría desencadenar en nuestros organismos.
Según advierten un nutrido número de médicos, virólogos y biólogos moleculares, existen riesgos considerables en la aplicación de las terapias génicas. Una vez introducido el ADN o ARN en las células de un organismo sano para crear la proteínas S, no está claro cómo se detendrá la producción de ese antígeno ni qué efecto tendrá la presencia continuada del ADN/ARN sintético en las células, que además, en el caso de las de ADN, llega con un promotor génico muy activo. Tampoco hay todavía una abundante literatura científica que informe qué tipo de células se verán afectadas, si las proteínas o el ADN introducido en el sistema circulatorio y llega a otros órganos. Los receptores ACE2, que son los que habilitan a las proteínas S al introducirse en las células, existen en riñones, pulmones y testículos, lo cual existe la posibilidad de que puedan provocar eventualmente respuestas inflamatorias graves, reacciones autoinmunes u otros efectos desconocidos. Se sabe que, en experimentos con animales, este tipo de vacunas transgénicas han producido procesos inflamatorios severos y lo que llaman respuesta paradójica: en vez de atacar al virus específico, reacciona contra otros virus presentes en el organismo, produciendo inflamación y otros daños severos.
Los tiempos de evaluación de las vacunas que están en etapa de experimentación no contemplan más que riesgos a corto plazo, pero tienen en cuenta las reacciones adversas que podrían surgir posteriormente. Hay acuerdo entre los médicos, investigadores y científicos, que aún se está muy lejos de lograr una vacuna segura y eficaz. Ni siquiera se sabe aún cuántas dosis serán necesarias para lograr una inmunidad duradera. Esta es la principal razón por la que los procesos de aprobación de vacunas llevan varios años, pero irresponsablemente el gobierno y sus funcionarios desoyen las advertencias de los expertos aprobando una ley que obliga a toda la población a vacunarse sin considerar siquiera los riesgos futuros. La actual campaña de vacunación a nivel mundial parece ser el mayor experimento transgénico masivo en seres humanos. No cabe duda que quienes saldrán ganando serán las trasnacionales farmacéuticas, que lucran con la producción de virus diseñados en laboratorios y con la propagación o continuación de las pandemias. Es seguro que quienes saldremos perdiendo somos los simples ciudadanos a los que los grupos de poder pretenden usarnos como meros cobayos de laboratorio.
Quizás no huelgue aclarar algo que, no por evidente, debe ser soslayado. Atender aquellas advertencias de la Dra. Chinda Brandolino o el Dr. Luis Marcelo Martínez que el sentido común aconseja tener en cuenta sobre el potencial daño que podría causar una vacuna génica, no me obliga necesariamente a compartir sus ideologías políticas o religiosas, sean éstas del signo que fueren. Desde el punto de vista en el que sitúo mi enfoque, tanto las ideologías políticas como creencias religiosas, son elecciones personales que, a la hora de juzgar un criterio científico, no tienen mayor importancia. Por ejemplo, la Dra. Chinda Brandolino es católica, descalificarla por su ideología política o por su creencia religiosa es incurrir justamente en la misma falacia del «argumentum ad hominem» del señor Juan José Domínguez Ponce de León. No cometo el error de descalificar las afirmaciones de un científico o un especialista por sus ideas políticas o creencias religiosas.
Tampoco incurro en la falacia de autoridad de aceptar lo que un científico declare en público sin basar sus afirmaciones en la evidencia científica. Defender algo como verdadero porque quien lo dice tiene cierta autoridad en la materia —aunque no aporte evidencias—es incurrir en una falacia de autoridad. Este tipo de razonamiento falso, elude la carga de la prueba, es decir, la obligación de aportar datos que sostengan las afirmaciones. Si bien es cierto que ninguno de los dos especialistas han aportado evidencia científica sobre los posibles efectos de la vacuna transgénica (nadie podría porque aún se encuentra en fases de experimentación), nadie puede negar que, mutatis mutandis, tampoco sus detractores o críticos han podido demostrar lo contrario, es decir, describir qué tipo de células se verán afectadas, si las proteínas o el ADN introducido en el sistema circulatorio, puede llegar a otros órganos y causar daños irreversibles.
Ningún científico está en condiciones de saber o siquiera sea predecir cuáles serán las consecuencias de una vacunación masiva. «Chequeado» tampoco puede sostener como hacen su editor y algunos de sus cronistas que las afirmaciones de los dos médicos argentinos sean falsas, pues ninguno de ellos es científico y por más lecturas de artículos científicos que tengan o consultas a investigadores del CONICET que realicen, no están en condiciones de contrastar a especialistas médicos cuando ninguno de ellos acredita una formación como médico ni mucho menos como científico. Pero, aun siéndolos, no estarían en condiciones de predecir cuáles serían los riesgos para la salud humana. El científico británico Sir Peter Ratcliffe, Director de Investigación Clínica del reconocido Instituto Francis Crick (en Inglaterra) que, dicho sea de paso, obtuvo el Premio Nobel de Medicina de 2019, junto a los estadounidenses William Kaelin y Gregg Semenza, por sus descubrimientos sobre cómo las »células sienten el oxígeno disponible y se adaptan a él». se ha unido a la lucha contra el coronavirus desde el área de diagnóstico e investigación, hizo pública su incertidumbre respecto a la pandemia: «Es difícil saber qué decir o cuáles son las observaciones correctas. La verdad es que nosotros, en este momento, realmente no sabemos dónde terminará todo esto».
Y no son pocos los científicos que manifiestan públicamente esta misma incertidumbre. Lo real es que cualquier intento de inocular masivamente a toda la población, desde niños hasta ancianos, con vacunas cuyos efectos adversos aún no están lo suficientemente establecidos ni son completamente conocidos. Pero, como esperamos haber demostrado a través de los datos aportados, las lesiones y muertes por las vacunas aunque sean mínimas o que estadísticamente parezcan insignificantes, al menos dan un indicio claro de que no todo el mundo puede ser coaccionado moral, psicológica o físicamente, para que acepte vacunarse, pues existe la posibilidad de que el remedio sea peor que la enfermedad. Para pacientes que padecen cardiopatías, que han tenido episodios trombóticos o algún ACV, deberían ser inmunizados por medio de otras terapias que no por alternativas, son menos eficaces. El subjetivismo y el relativismo imperantes minimizan los daños y muertes de la vacunación diciendo que son una minoría ínfima, que las vacunas salvan más vidas que las muertes que causan. Como toda verdad a medias, no es la verdad completa. El hecho de que las lesiones causadas por las vacunas sean, a juicio de muchos opinólogos, cuantitativamente mínimas ¿luego no interesan? Habría que conocer qué pensarían si la muerte o lesión grave les ocurre a ellos mismos o algún miembro de su familia.




En una época de tanta indigencia intelectual y degradación moral como la que vivimos, una época signada por la «posverdad», la desinformación y el relativismo, no es de extrañar que la falsedad se intercambie y confunda con la verdad o que, la mayoría de las veces, por medio de la manipulación de la información, aquella predomine sobre ésta. Existe consenso en afirmar que las redes sociales son el principal medio de propagación de las noticias falseadas, las famosas «Fake News», es decir, un tipo de bulo de contenido aparentemente informativo pero que ha sido creado con la intención de desinformar y confundir a la opinión pública. Los bulos o informaciones trucadas y fraudulentas, han logrado que, actualmente, la opinión pública relativice a la información fidedigna, que hasta la contraste con la falsa información y albergue dudas sobre cualquier información real que se difunda. No cabe duda de que las informaciones falsas han modificado definitivamente las relaciones entre el público y los medios informativos. Hoy día cualquier falsedad puede ser creída como una verdad y la verdad descreída como si fuese una falsedad.
El 29 octubre, 2020 leí el artículo del señor Juan José Domínguez Ponce de León, «Son falsas las afirmaciones de Chinda Brandolino sobre la vacuna contra el nuevo coronavirus», publicado en el sitio «Chequeado». Con un enorme rótulo rojo que en su interior encierra la palabra «Falso» este opinólogo pretende descalificar a una médica experimentada. El artículo entonces me chocó por el enfoque sesgado y prejuicioso del periodista, razón por la que deliberadamente postergué una respuesta hasta obtener datos científicos serios y objetivos que confirmaran o refutaran a la médica argentina. La situación se agrava cuando vemos que el señor Juan José Domínguez Ponce de León, editor del sitio de «fact-checking», «Chequeado», la primera web argentina dedicada a la verificación de información y especializada en el análisis y detección de noticias falsas publicadas por los medios de comunicación, hace alarde de un inaudito descaro al atreverse a clasificar como «Fake News» las informaciones brindadas por dos médicos argentinos de acreditada formación y trayectoria académica como la Dra. Chinda Brandolino y el Dr. Luis Marcelo Martínez.
¿Cuál es la competencia médica de la Dra. Brandolino? Se trata de una médica clínica, médica legista y forense argentina. Especialista en temas médicos. Es docente en la Cátedra de Geografía Humana de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Católica de La Plata (UCLP). Miembro fundador del Instituto Santa Gianna Beretta Molla de Investigaciones Biológicas para la Defensa de la Vida (UCLP). Miembro fundador de la Cátedra de la Mujer y asesor médico legal del Instituto de Bioética (UCLP).
En cuanto al Dr. Luis Marcelo Martínez, es Médico Genetista con amplia experiencia en Diagnóstico Prenatal y Medicina Fetal. Miembro del Departamento de Genética Pediátrica, Adultos y Diagnóstico Prenatal. Genetista integrante del equipo multidisciplinario de Medicina Fetal UNAIP. Entre 2003-2007 ha sido residente en Genética Médica con rotaciones realizadas en Pediatría clínica en Hospital Fernández (6 meses) - Fundación para el estudio de las enfermedades neurometabólicas (FESEN) (2 meses) - Diagnóstico prenatal y ecografía en CENAGEM (3 meses) - Genética neonatal en Maternidad Sardá (3 meses) - Diagnóstico prenatal y ecografía en Genos (2 meses) - Servicio de Genética en Hospital Garrahan (7 meses). Miembro de la Sociedad de Obstetricia y Ginecología de Buenos Aires (SOGIBA). Magister en Biología Molecular e Ingeniería Genética. Posee licencias y certificaciones por el First Trimester Screening (Fetal Nuchal Translucence, Nasal Bone, Facial Angle and Ductus Venosus). Ha sido Presidente de la Comisión Directiva de la Sociedad Argentina de Genética Médica (SAGM-AMA) entre 2016 y 2018. Revisor técnico de artículos científicos en revistas de pediatría.
En lo que atañe al señor Juan José Domínguez Ponce de León, autor de la nota, declara poseer una Maestría en Periodismo de Clarín y la Universidad de San Andrés, cursada y aprobada en 2012, y que es corresponsal en Buenos Aires de los diarios La Voz (Córdoba) y Los Andes (Mendoza). Asimismo se presenta como un periodista acreditado en el Congreso de la Nación. Toda esta formación lo capacita y acredita como periodista, pero, aunque su trayectoria es importante para su profesión, no lo habilita para decidir si las afirmaciones de dos médicos argentinos son verdaderas o falsas solo porque no coinciden con sus propias convicciones personales. Lo que choca en el señor Domínguez Ponce de León es su abrumador subjetivismo.
Curiosamente no declara ninguna experiencia como periodista científico, de modo no se sabe qué tipo de autoridad científica posee o invoca el editor de «Chequeado» para afirmar con tanta soltura de cuerpo que son «falsas» las informaciones y puntos de vista que los dos médicos argentinos brindan a la población para advertirnos sobre el peligro de la inoculación indiscriminada de las vacunas transgénicas. En ciencia, el criterio de verdad es la norma objetiva para fijar la veracidad, la certeza de nuestro conocimiento; el testimonio que confirma y atestigua la justeza de una información. ¿Cuál es el criterio de verdad científica sobre la que basa su opinión el señor Domínguez Ponce de León para calificar de falsa la información brindada por dos expertos científicos argentinos? Asombrosamente, ninguno.
Si la intención verdadera del señor Juan José Domínguez Ponce de León es contribuir a la ilustración de la opinión pública en un tema tan importante como las «terapias génicas» lo primero que debería hacer es evitar el uso del «argumentum ad hominem», un tipo de falacia que consiste en dar por sentada la falsedad de una afirmación e intentando desacreditar al emisor de esa afirmación señalando una característica o postura impopular de esa persona. El señor Juan José Domínguez Ponce de León incurre en esta falacia cuando pone de relieve que la Dra. Chinda Brandolino es «la médica, conocida por su militancia contra el aborto legal» que, entre varias aseveraciones, sostiene que «la vacuna no es tal cosa sino una “terapia transgénica”» o cuando se refiere a ella como «la mujer de la Ola Celeste». No conforme con estas caracterizaciones, y para hacer más insidiosa su nota, sostiene que la médica legal y forense está «vinculada con los movimientos antivacunas y organizaciones negacionistas del Holocausto». ¿Qué tiene que ver la ideología de la emisora con el hecho cierto de que se pretende inocular a la población una vacuna transgénica que aún se encuentra en etapa experimental? Hacer uso de esta falacia para desacreditar las afirmaciones de una doctora no es método de investigación científica, sino vulgar recurso de folletinero y panfletista a sueldo.
Con el claro objeto de desacreditar a la Dra. Brandolino, el editor de «Chequeado» sostiene que «en la misiva, dirigida a los senadores, que debatirán el marco legal para una futura vacuna contra la COVID-19, dice que se pretende la “inmunidad jurídica” de las farmacéuticas». Pocos meses después de la fecha de publicación de su libelo, más precisamente el 15 de diciembre de 2020, el diario norteamericano Los Angeles Times en Español, publicó una nota donde señala que el entonces ministro de Salud, Ginés González García, declaró en rueda de prensa que «como parte de las negociaciones Pfizer reclamó la sanción de una ley en el Congreso que le garantizara inmunidad ante la justicia local, una cláusula común impuesta por los laboratorios que producen la vacuna ante posibles litigios». La Cámara de Diputados le dio media sanción, el 7 de octubre, con 230 votos a favor, 8 en contra y 11 abstenciones. Tres semanas después el Senado dio su visto bueno. No otorgó inmunidad jurídica a las farmacéuticas, pero les concedió la prórroga de jurisdicción. La norma no otorga inmunidad jurídica a las farmacéuticas, pero permite un cambio de jurisdicción fijada de antemano en el contrato. Es decir, que ante un problema legal, éste debía resolverse en los tribunales del país o la ciudad que se fijara en el contrato. Pero, según el ex ministro González García, la central de Pfizer en Estados Unidos consideró que no era suficiente y exigió «una nueva ley». La compañía también habría puesto como requisito que el contrato no fuera firmado por el Ministerio de Salud sino por Alberto Fernández.
Causa extrañeza la actitud del señor Domínguez Ponce de León al negar que es falso que el «lobby» farmacéutico pudiera entonces exigir a nuestro país «inmunidad jurídica». Parece ignorar que muchos países dieron y dan a las empresas farmacéuticas inmunidad contra eventuales lesiones causadas por las vacunas. Al igual que los Estados Unidos, muchos otros países también siguen la política de inmunidad jurídica a las empresas farmacéuticas contra eventuales lesiones causadas por las vacunas. Entonces ¿por qué negar que las empresas farmacéuticas pueden exigir a la Argentina la misma inmunidad jurídica de que goza tanto en Estados Unidos como en Europa? Las empresas farmacéuticas fundamentan su solicitud de «inmunidad jurídica» al hecho nunca comprobado de que las vacunas salvan muchas más vidas de las que matan, pero lo real es que a nivel mundial no contamos aun con una contabilización de las muertes y otros daños provocados por las vacunas. En agosto de 2020, la prensa europea hizo trascender la noticia de que el «lobby» farmacéutico presionaba a la Unión Europea para tener inmunidad jurídica ante los posibles efectos secundarios que puede causar la nueva vacuna. La Comisión Europea reconoció que hubo conversaciones para que los 27 Estados miembros indemnicen a los fabricantes por el «alto riesgo que asumen». En Portugal, los contratos con las farmacéuticas, como en muchos otros países, son confidenciales. Las condiciones dadas por el Estado a las empresas farmacéuticas son secretas y el valor que los fondos públicos pagan cada año a las farmacéuticas para haber vacunas en Portugal. Una política libre, según los gobiernos, incluyendo el portugués, que se paga con el dinero de todos los contribuyentes.
Quedó establecido que el señor Domínguez Ponce de León no es biólogo, genetista, médico, virólogo ni científico. No obstante se permite desmentir el argumento médico que sostiene que las vacunas ARNm es una «terapia génica», pero sin hacer ningún esfuerzo para explicar a sus lectores por qué estas afirmaciones son, según su criterio periodístico, científicamente falsas. Por el contrario, el editor de «chequeado» sostiene que es falso porque RedDes así lo asegura. Alegre y flagrantemente, el señor Domínguez Ponce de León, incurre en la «Falacia de Falsa Autoridad» que, como se sabe, consiste en apelar a una autoridad que carece de valor por no ser concreta, competente, imparcial, o estar tergiversada. Da por invalidada la opinión experta de la Dra. Brandolino, solo porque una red de medios periodísticos que él mismo coordina asegura que es falsa. Como un conjunto de medios periodísticos, RedDes es una autoridad científicamente inconcreta, incompetente e inexistente. El empleo de una falsa autoridad y el afán de engañar son dos características de esta falacia. Veamos bien por qué RedDes no puede invocarse como autoridad.
¿Qué es RedDes? ¿Es el acrónimo de alguna entidad médica o científica? No. La Red Federal contra la Desinformación (RedDES) es un proyecto periodístico colaborativo en el que participan medios de todo el país, pero es coordinado por «Chequeado» y cuenta con el apoyo de Facebook. Como se ve, toda una garantía de objetividad y seriedad científica. Sus objetivos son «producir y difundir contenidos verificados que pongan en evidencia desinformaciones relevantes sobre el COVID-19 y formar periodistas en métodos y herramientas de verificación de la información viral en contexto de pandemia». Que nadie dude del desinteresado «altruismo» de estos «informadores que intentan poner en evidencia las desinformaciones sobre el covid-19.
Por nuestro lado, intentaremos explicar por qué la Dra. Chinda Brandolino sostiene que «la vacuna no es tal cosa sino una terapia transgénica». En primer lugar, deberíamos saber qué cosa es lo que se denomina en biología «terapia transgénica» o «terapia génica». La terapia génica es una forma experimental de tratamiento que consiste en la introducción de una copia sana (por lo general clonada) de un gen defectuoso en las células del paciente. La idea es modificar la información genética de la célula del paciente que es responsable de alguna alteración o afección, para que esa célula recupere su normalidad. La transferencia del material genético se suele realizar mediante el uso de vectores virales que utilizan sus capacidades biológicas propias para entrar en la célula y depositar el material genético.
Como sostiene el señor Juan José Domínguez Ponce de León, la Dra. Chinda Brandolino afirma, en efecto, que la vacuna «introduce un ácido ribonucleico (ARN) envuelto en nanopartículas de lípidos, para no ser atacado por los anticuerpos de nuestro organismo» y para que, de esta manera, el ARN «penetre directamente en el núcleo de todas nuestras células». Desde el punto de vista de la Dra. Chinda Brandolino y del médico genetista y expresidente de la Sociedad de Genética Argentina, Dr. Luis Marcelo Martínez, la vacuna que se pretende inocular a la población para inmunizarla del covid-19 es capaz de modificar nuestro genoma, porque puede fabricar la enzima convertidora de angiotensina 2 para que despierte la producción de anticuerpos contra ella misma. Esta proteína que se encuentra abundantemente en testículos, y algo menos, en corazón y riñón, no se encuentra en el pulmón. Ambos profesionales, llegan a la conclusión de que la aplicación de la vacuna podría «esterilizar a todos los varones que la reciban, en forma perenne e irreversible», y que es altamente probable que no solamente «muera mucha gente con su inoculación, sino que se produzcan alteraciones genéticas que se transmitirán a los hijos».
¿Son exageradas y alarmistas estas advertencias de la Dra. China Brandolino y el Dr. Luis Marcelo Martínez? Según informes de la Organización Mundial de la Salud, al 9 de septiembre de 2021, había 35 vacunas para Covid-19 en estudios clínicos (en fases uno a tres de prueba en humanos) y 145 en estudios preclínicos. De las primeras 35 en prueba, 17 se basan en técnicas de ingeniería genética no probadas antes en humanos. La forma de acción de una vacuna convencional consiste en insertar un virus muerto o atenuado —que supuestamente no infecta—, para causar una reacción del sistema inmunológico por la cual aprende a reconocer ese tipo de virus y así el organismo podría evitar futuras infecciones. En cambio, las vacunas transgénicas actúan de un modo diferente ya que consisten en introducir ADN o ARN foráneo en un organismo sano para crear una proteína similar a las del SARS-CoV2, utilizando sus propios recursos celulares. Si funciona —nadie puede garantizarlo, porque es un método experimental—, esta proteína sería reconocida como ajena por nuestro sistema inmunológico, que supuestamente produciría anticuerpos para prevenir próximas infecciones.
«Acerca de la presunta capacidad de la eventual vacuna de “penetrar directamente en el núcleo de todas nuestras células”, tal como se explica en varios estudios científicos, las vacunas de ARN mensajero son seguras porque no contienen agentes infecciosos y no pueden de ninguna forma interferir en la secuencia de ADN de nuestras células», dice el señor Juan José Domínguez Ponce de León, basado en tres artículos científicos. Y pertrechado con este módico arsenal de datos científicos, reunidos de la lectura de tres artículos, pretende refutar los argumentos e incluso demostrar su falsedad de dos connotados especialistas argentinos. Lo que no dice el editor de «Chequeado» ni tampoco los autores de los tres artículos consultados son las consecuencias futuras de esas vacunas de ARN mensajero. Es cierto que no contienen agentes infecciosos, pero si pueden interferir en la secuencia de ADN de nuestras células causando daños hasta ahora no advertidos ni previstos. Lo mismo que el señor Juan José Domínguez Ponce de León hay otros periodistas que sostienen que las vacunas de ARN mensajero sólo sirven para enseñarle a nuestro organismo a combatir el virus SARS-CoV-2 que causa la COVID-19, pero no intervienen, no dañan ni modifican nuestro organismo. Artículos científicos publicados recientemente demuestran que las vacunas Pfizer, Moderna, Astrazeneca, Janssen, entre otras, pueden modificar y dañar nuestro organismo. Por ejemplo, producir alteraciones no previstas en el ciclo menstrual de muchas mujeres jóvenes inoculadas con dos dosis.
Un reciente estudio publicado en la revista médica «Obstetrics & Gynecology» con el título de «Association Between Menstrual Cycle Length and Coronavirus Disease 2019 (COVID-19) Vaccination. A U.S. Cohort» (2022), firmado por un colectivo mixto de ginecólogos y obstetras, se hace eco de las quejas de muchas mujeres sobre retrasos o mayor o menor sangrado o incluso más dolor en su menstruación, tras haberse vacunado. El objetivo del estudio es evaluar si la vacunación contra el coronavirus 2019 (COVID-19) se asocia con cambios en la duración del ciclo o de la menstruación en las mujeres vacunadas en comparación con una cohorte no vacunada. El estudio se hizo sobre todo con mujeres con ciclos regulares (de entre 24 y 28 días entre el primer día de una regla y el primero de la siguiente) y la mayoría eran de raza blanca. El estudio no incluyó a mujeres que toman anticonceptivos hormonales (que marcan los días de duración del ciclo), grupo que ahora la Dra. Edelman quiere estudiar. En el estudio de EEUU, los investigadores analizaron entre octubre del 2020 (cuando aún no se habían empezado a inocular las vacunas a la población en general) y septiembre de 2021, datos anónimos a través de una App de fertilidad (Natural Cycles) de 4.000 mujeres estadounidenses vacunadas y no vacunadas de entre 18 y 45 años. De 2.403 de ellas, vacunadas (el 55% con Pfizer, el 35% con Moderna y el resto con Janssen), se analizó un seguimiento prospectivo de los datos de los tres ciclos menstruales anteriores a vacunarse y los tres posteriores.
Igualmente, se analizaron seis ciclos consecutivos de 1.500 mujeres no vacunadas. Se utilizaron modelos de efectos mixtos para estimar la diferencia ajustada en el cambio de la duración del ciclo y la menstruación entre las cohortes vacunadas y no vacunadas. Entre las vacunadas se constató que entre los ciclos antes de la inoculación y los posteriores, se retrasaba la regla menos de un día de media, 0,64 días; 0,79, tras la segunda dosis. Si las dos dosis se administraban en el mismo ciclo, lo que se observó en 358 mujeres, el retraso llegaba a dos días de media. La mayoría de la cohorte vacunada recibió la vacuna de Pfizer-BioNTech (55%) (Moderna 35%, Johnson & Johnson/Janssen 7%).
Si bien los cambios de duración del ciclo menstrual inferiores a 8 días se consideran normales por la International Federation of Gynecology and Obstetrics, los cambios en las cohortes vacunadas que previo a la inoculación tenían períodos regulares, evidencian que el impacto de las vacunas en el ciclo menstrual puede, en ciertos casos, sobrepasar los dos días. Alrededor de un 10% de las mujeres sufrieron cambios en el periodo más grandes, de ocho días o más, pero, según los investigadores, pudieron retornar a sus reglas normales en los siguientes dos ciclos tras la vacunación. Sin embargo, los expertos descartaron que los cambios puedan atribuirse al estrés por la pandemia, sobretodo porque no vieron alteraciones similares entre las no vacunadas. ¿A qué puede deberse la alteración? La Dra. Alison Edelman, profesora de ginecología y obstetricia en la Universidad de Portland (Oregón) e investigadora principal, es una de las autoras de dicho estudio, responde a esta pregunta señalando que durante la vacunación se liberan citoquinas (proteínas) que pueden alterar el regular funcionamiento del «reloj corporal» del que forma parte el ciclo menstrual.
Hace pocos días, el Ministerio de Salud de Japón ha confirmado que las vacunas de mRNA de Pfizer y Moderna provocan miocarditis y pericarditis en los más jóvenes. Estos datos coinciden con los casos de miocarditis notificados oficialmente en Israel. Un estudio científico titulado «Myocarditis after Covid-19 vaccination in a large healthcare organization» (2021) publicado en «The New England Journal of Medicine», sostiene que se ha descubierto que la vacuna de Pfizer provoca 21,3 casos de miocarditis por cada millón de personas en la población general. En la prestigiosa revista científica The BMJ, llamada British Medical Journal hasta 1988 y BMJ entre 1988 y 2014, una revista médica publicada semanalmente en el Reino Unido por la Asociación Médica Británica, han aparecido varios artículos con la misma orientación investigativa como «Myocarditis after vaccination against covid-19» (2021) del Dr. W. F. Gellad, professor of medicine and director del Center for Pharmaceutical Policy and Prescribing, University of Pittsburgh School of Medicine, Pittsburgh, PA, USA, «SARS-CoV-2 vaccination and myocarditis or myopericarditis: population based cohort study» (2021) del Dr. Anders Husby et Alt.
Recientemente se han publicado artículos médicos que dan cuenta de los efectos adversos relacionados a la vacuna, en los cuales se presenta una forma de trombosis inusual (relacionada a plaquetas bajas) asociada a la vacuna de AstraZeneca y Janssen (Johnson & Johnson). Si bien se hace notar que esta condición es extremadamente rara, de 0,001% de las dosis, estos efectos adversos han sido observados en gente joven (menor a 50 años), sin enfermedades previas y se presenta de 4-28 días después de la vacunación. La trombocitopenia trombótica inmunitaria inducida por vacunas (VITT, por sus siglas en inglés) se define como un síndrome clínico caracterizado por todas las anomalías de laboratorio y radiológicas descritas a continuación que ocurren en individuos de 4 a 30 días después de la vacunación con Ad26.COV2 (Johnson & Johnson) o ChAdOx1 nCoV-19 (Oxford-AstraZeneca). Ambas vacunas comparten la misma plataforma viral recombinante de adenovirus tipo 26 de chimpancé no replicativo. Sin embargo, se observaron los mismos efectos adversos en jóvenes de ambos sexos vacunados con Pfizer y Moderna. Las vacunas contra el COVID-19 de Pfizer-BioNTech y Moderna son vacunas de ARN mensajero, también llamadas vacunas de ARNm.
En julio de 2021, «Expert Opinion on Drug Safety», una revista médica mensual revisada por pares que publica artículos de revisión sobre todos los aspectos de la fármaco-vigilancia y documentos originales sobre las implicaciones clínicas de los problemas de seguridad del tratamiento de drogas, publicó el artículo «Thromboembolic events in younger women exposed to Pfizer-BioNTech or Moderna COVID-19 vaccines» firmado por Maurizio Sessa, investigador del Pharmacovigilance Research Center, Department of Drug Design and Pharmacology, University of Copenhagen; Kristian Kragholmb, investigador del Department of Cardiology, Aalborg University Hospital; Anders Hviida, investigador del Department of Epidemiology Research, Statens Serum Institut, Copenhague y Morten Andersena, investigador del Pharmacovigilance Research Center, Department of Drug Design and Pharmacology, University of Copenhagen, los autores señalan que «el 19 de marzo de 2021, de los 13,6 millones de mujeres de ≤ 50 años expuestas a al menos una dosis de las vacunas Pfizer-BioNTech o Moderna COVID-19 en los EE.UU., sólo se notificaron 61 casos con un total de 68 eventos tromboembólicos (1 caso por cada 222.951 vacunadas)». Veinticinco de los 61 casos (41%) informaron sobre factores de riesgo de eventos tromboembólicos como hipertensión (4), antecedentes médicos de trombosis venosa (3), cáncer (2), fibrilación auricular (1) diabetes mellitus (2), obesidad (1), deficiencia de IgG que requiere infusión de IgG (1), deficiencia de proteína-c (1), lupus sistémico (1), o exposición a anticonceptivos hormonales (3), ibuprofeno (1) o fentermina (1).
Esto significa, por un lado, que estas vacunas pueden, ocasionalmente, provocar eventos tromboembólicos en personas sin antecedentes, tanto como causarlos en personas con antecedentes médicos de trombosis venosa o algunas otras dolencias predisponentes a trombosis. Este solo dato debería ser tomado en cuenta por las autoridades políticas y sanitarias a la hora de pretender inocular indiscriminadamente con una o dos o hasta tres dosis de las vacunas a toda la población. La lógica indica que no todas las personas son susceptibles de recibir estas vacunas, porque si estos eventos se han provocado con una o dos dosis, no sabemos qué efectos adversos podrían aparecer con nuevas dosis.
Al tratarse de vacunas experimentales aun no se han podido medir los efectos adversos en humanos inoculados con las vacunas Pfizer-BioNTech y Moderna de ARN mensajero, también llamadas vacunas de ARNm. Esta es la técnica experimental a la que han recurrido las empresas Pfizer/BioNTech y Moderna para la fabricación de sus respectivas vacunas. Según explica el biólogo español Fernando López-Mirones, en una entrevista que le realizaran en noviembre de 2020, esta tecnología solo se ha probado en ratones, simios y tejidos. López-Mirones ha señalado que la población no está siendo advertida de los riesgos que podría conllevar inocular ARN mensajero en seres humanos. Observó entonces: «Es imposible medir los efectos secundarios de una vacuna de ARN mensajero como las de Pfizer y Moderna en tan poco tiempo. Una vacuna, hasta su aprobación, tarda entre dos y once años y ahora estamos hablando de diez meses». La forma de acción de esas vacunas de hecho transforma a nuestro organismo en transgénico, porque no es una proteína foránea ante la cual nuestro sistema reacciona naturalmente, como ocurría con las anteriores vacunas, sino que se ha introducido en nuestro organismo una proteína que manipula nuestro sistema genético para crear el supuesto enemigo que los anticuerpos deben atacar. Teniendo en cuenta que el método es experimental y que no ha sido lo suficientemente ensayado, nadie puede prever las consecuencias que esta vacuna podría desencadenar en nuestros organismos.
Según advierten un nutrido número de médicos, virólogos y biólogos moleculares, existen riesgos considerables en la aplicación de las terapias génicas. Una vez introducido el ADN o ARN en las células de un organismo sano para crear la proteínas S, no está claro cómo se detendrá la producción de ese antígeno ni qué efecto tendrá la presencia continuada del ADN/ARN sintético en las células, que además, en el caso de las de ADN, llega con un promotor génico muy activo. Tampoco hay todavía una abundante literatura científica que informe qué tipo de células se verán afectadas, si las proteínas o el ADN introducido en el sistema circulatorio y llega a otros órganos. Los receptores ACE2, que son los que habilitan a las proteínas S al introducirse en las células, existen en riñones, pulmones y testículos, lo cual existe la posibilidad de que puedan provocar eventualmente respuestas inflamatorias graves, reacciones autoinmunes u otros efectos desconocidos. Se sabe que, en experimentos con animales, este tipo de vacunas transgénicas han producido procesos inflamatorios severos y lo que llaman respuesta paradójica: en vez de atacar al virus específico, reacciona contra otros virus presentes en el organismo, produciendo inflamación y otros daños severos.
Los tiempos de evaluación de las vacunas que están en etapa de experimentación no contemplan más que riesgos a corto plazo, pero tienen en cuenta las reacciones adversas que podrían surgir posteriormente. Hay acuerdo entre los médicos, investigadores y científicos, que aún se está muy lejos de lograr una vacuna segura y eficaz. Ni siquiera se sabe aún cuántas dosis serán necesarias para lograr una inmunidad duradera. Esta es la principal razón por la que los procesos de aprobación de vacunas llevan varios años, pero irresponsablemente el gobierno y sus funcionarios desoyen las advertencias de los expertos aprobando una ley que obliga a toda la población a vacunarse sin considerar siquiera los riesgos futuros. La actual campaña de vacunación a nivel mundial parece ser el mayor experimento transgénico masivo en seres humanos. No cabe duda que quienes saldrán ganando serán las trasnacionales farmacéuticas, que lucran con la producción de virus diseñados en laboratorios y con la propagación o continuación de las pandemias. Es seguro que quienes saldremos perdiendo somos los simples ciudadanos a los que los grupos de poder pretenden usarnos como meros cobayos de laboratorio.
Quizás no huelgue aclarar algo que, no por evidente, debe ser soslayado. Atender aquellas advertencias de la Dra. Chinda Brandolino o el Dr. Luis Marcelo Martínez que el sentido común aconseja tener en cuenta sobre el potencial daño que podría causar una vacuna génica, no me obliga necesariamente a compartir sus ideologías políticas o religiosas, sean éstas del signo que fueren. Desde el punto de vista en el que sitúo mi enfoque, tanto las ideologías políticas como creencias religiosas, son elecciones personales que, a la hora de juzgar un criterio científico, no tienen mayor importancia. Por ejemplo, la Dra. Chinda Brandolino es católica, descalificarla por su ideología política o por su creencia religiosa es incurrir justamente en la misma falacia del «argumentum ad hominem» del señor Juan José Domínguez Ponce de León. No cometo el error de descalificar las afirmaciones de un científico o un especialista por sus ideas políticas o creencias religiosas.
Tampoco incurro en la falacia de autoridad de aceptar lo que un científico declare en público sin basar sus afirmaciones en la evidencia científica. Defender algo como verdadero porque quien lo dice tiene cierta autoridad en la materia —aunque no aporte evidencias—es incurrir en una falacia de autoridad. Este tipo de razonamiento falso, elude la carga de la prueba, es decir, la obligación de aportar datos que sostengan las afirmaciones. Si bien es cierto que ninguno de los dos especialistas han aportado evidencia científica sobre los posibles efectos de la vacuna transgénica (nadie podría porque aún se encuentra en fases de experimentación), nadie puede negar que, mutatis mutandis, tampoco sus detractores o críticos han podido demostrar lo contrario, es decir, describir qué tipo de células se verán afectadas, si las proteínas o el ADN introducido en el sistema circulatorio, puede llegar a otros órganos y causar daños irreversibles.
Ningún científico está en condiciones de saber o siquiera sea predecir cuáles serán las consecuencias de una vacunación masiva. «Chequeado» tampoco puede sostener como hacen su editor y algunos de sus cronistas que las afirmaciones de los dos médicos argentinos sean falsas, pues ninguno de ellos es científico y por más lecturas de artículos científicos que tengan o consultas a investigadores del CONICET que realicen, no están en condiciones de contrastar a especialistas médicos cuando ninguno de ellos acredita una formación como médico ni mucho menos como científico. Pero, aun siéndolos, no estarían en condiciones de predecir cuáles serían los riesgos para la salud humana. El científico británico Sir Peter Ratcliffe, Director de Investigación Clínica del reconocido Instituto Francis Crick (en Inglaterra) que, dicho sea de paso, obtuvo el Premio Nobel de Medicina de 2019, junto a los estadounidenses William Kaelin y Gregg Semenza, por sus descubrimientos sobre cómo las »células sienten el oxígeno disponible y se adaptan a él». se ha unido a la lucha contra el coronavirus desde el área de diagnóstico e investigación, hizo pública su incertidumbre respecto a la pandemia: «Es difícil saber qué decir o cuáles son las observaciones correctas. La verdad es que nosotros, en este momento, realmente no sabemos dónde terminará todo esto».
Y no son pocos los científicos que manifiestan públicamente esta misma incertidumbre. Lo real es que cualquier intento de inocular masivamente a toda la población, desde niños hasta ancianos, con vacunas cuyos efectos adversos aún no están lo suficientemente establecidos ni son completamente conocidos. Pero, como esperamos haber demostrado a través de los datos aportados, las lesiones y muertes por las vacunas aunque sean mínimas o que estadísticamente parezcan insignificantes, al menos dan un indicio claro de que no todo el mundo puede ser coaccionado moral, psicológica o físicamente, para que acepte vacunarse, pues existe la posibilidad de que el remedio sea peor que la enfermedad. Para pacientes que padecen cardiopatías, que han tenido episodios trombóticos o algún ACV, deberían ser inmunizados por medio de otras terapias que no por alternativas, son menos eficaces. El subjetivismo y el relativismo imperantes minimizan los daños y muertes de la vacunación diciendo que son una minoría ínfima, que las vacunas salvan más vidas que las muertes que causan. Como toda verdad a medias, no es la verdad completa. El hecho de que las lesiones causadas por las vacunas sean, a juicio de muchos opinólogos, cuantitativamente mínimas ¿luego no interesan? Habría que conocer qué pensarían si la muerte o lesión grave les ocurre a ellos mismos o algún miembro de su familia.
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